EL ORGANILLERO, EN PELIGRO DE EXTINCIÓN

Es 14 de enero, recién comienza el año, con la añoranza del que recién concluyó y las expectativas del porvenir.
Las esperanzas de una mejor vida en la era digital se expresan a través de los dispositivos, los mensajes de whatsapp, las tablets y computadoras y en menor medida en los correos electrónicos, esos que vinieron a sustituir a la correspondencia de antaño, a la caligrafía ensayada, a los sobres perfumados, al envío de frases acuñadas en el febril insomnio del amor, como diría José Alfredo.
Imágenes prefabricadas, colores llamativos y pensamientos hechos a escala industrial hacen hoy las veces de aquellas tarjetas de navidad, que tardaban días en llegar a su destino y que hoy lo hacen, de manera “virtual” a la pasmosa velocidad de un “click”.
Murieron también los enlaces por operadora, para hacer una llamada de larga distancia, distancia que también sucumbió a la modernidad, hoy, desde un minúsculo objeto que cabe en la palma de la mano.
Vivimos ya en un mundo cuyo ritmo es frenético, impersonal, un mundo cuyo acontecer observamos a través de una pantalla de 7 pulgadas, en el que interactuamos y nos enteramos de la obra y milagros de todo el mundo y que, de cuando en cuando, frena su veloz carrera para mostrarnos a los “fósiles” de la era moderna, un teléfono de casa, con su pesado auricular, los telegramas, las cartas ya mencionadas y… los organillos o cilindros.
Estos últimos son los que motivan esta reflexión.
Hoy, en pleno siglo XXI, las dulces notas del cilindro inundaron el centro de la ciudad, como un efímero y triste recordatorio de lo que fuimos, como un vistazo a un pasado muy, muy lejano.
Nacido en Inglaterra en los albores del siglo XIX, el cilindro u organillo llegó a México a través de la casa vendedora de instrumentos musicales “Wagner y Levien” en 1880 y pronto tomó carta de residencia como una manera de amenizar eventos de corte más popular, aunque en un inicio, fueron usados en teatros y circos.
La figura del organillero, cargando el pesado instrumento de alrededor de 50 kilogramos y sosteniéndolo durante su actuación con una pértiga o monopie además de un mono araña amaestrado para recoger las propinas del respetable, fue habitual en las calles de México.
Incluso, en nuestro país se fundaron dos agrupaciones sindicales que integraron a los ejecutantes de este peculiar instrumento y que se distinguen por su uniforme, uno de ellos utiliza el color caqui inspirado en el ejército villista y el otro gris.
Los cilindros u organillos tuvieron una temporada de auge, desde el porfiriato, hasta bien entrados los años 80, época en la que ya se utilizaron comenzaron a escasear por el deterioro natural de los años y debido además a que este instrumento dejó de producirse en Alemania en los años 30 y los más comunes manufacturados por “Frati & Company” desaparecieron en 1912.
LOS SUPERVIVIENTES:
Los cilindros que actualmente vemos en las calles, han sufrido una metamorfosis, ya no utilizan el monopie o pértiga, ahora van sobre ruedas, y de la figura del mono araña con su bote recogiendo las monedas solo queda el recuerdo, ahora el mono es de peluche.
De tal suerte, hoy en Ciudad Valles, vimos un pedazo de historia, misma que iniciara en el Siglo XIX y que aún se resiste a morir, las notas dulces del cilindro son tan raras como una pieza de museo, la inmediata reproducción de un archivo de Spotify en un celular, conectada a una bocina desechable, le ofrece al consumidor de la era digital una herramienta mucho más ligera para amenizar una reunión, sin cargar pesos excesivos ni cansarse el brazo a fuerza de hacer rotar la manivela.
Son los cilindros y sus ejecutantes pues, una especie en franco y quizá inevitable peligro de extinción, triste destino para lo que un día fue alegría, baile, el alma de la fiesta.
Hoy deambulan por las calles, a la luz del día, para que esta luz los haga visibles ante una sociedad que vive en otra era, en la que el regalar una moneda al artista callejero ya nos es una actitud de curso corriente.
La sensibilidad de estos días es digital…virtual.

